Perdón por la demora en volver a escribir. No fue por falta de inspiración, pero por exceso de trabajo en nuestro ministerio con Jucum Adelaide. En breve voy a hacer un post diferente, no con un mensaje o una meditación, pero apenas con noticias. Tantas cosas están pasando y cambiando por acá que es difícil contener el entusiasmo…
Hace poco me puse a recordar mi jornada como un cristiano en mi adolescencia (para ponerlo en perspectiva, eso pasó el milenio pasado). Yo empecé a ir a la Iglesia cuando tenía 12 años, en un momento que la Iglesia pasaba por un “avivamiento” si sos espiritual(oide) o por un crecimiento desordenado si sos mas realista. De cualquier manera, mi primer experiencia fue con líderes del grupo de adolescente. Un grupo vibrante, querido, divertido. Y también egoísta y exclusivo, pero eso queda para otra hora. Fue en ese proceso que empecé a darme cuenta de una cosa. Una revelación, digamos. La Biblia estaba llena de mandamientos. Y como si no fueran suficientes, la Iglesia le había puesto algunos más para dejar las cosas claras.
Voy a dejar una cosa clara de salida: a mi nunca me gustaron las órdenes, principalmente si eran autoritarias (no abiertas a discusión) y de mi punto de vista, desnecesarias. Me acuerdo de pensar de cómo eran ordenes minimalistas, detallistas a un extremo. Mi corazón vivía una disputa entre mi corazón, enamorado de Dios y de sus cosas, y entre mi mente que buscaba rebelarse en todo lo que podía. Las cosas solo quedaron peores con el pasar del tiempo. Cambiaron los líderes (diversas veces) hasta que mi actitud era simplemente rebelde. Era capaz de cantarle músicas declarándole mi amor a Dios al mismo tiempo que nutria un desprecio bastante público por cualquier persona que dijera representarlo. Y entonces me fui a hacer la EDE (o ETED si estás del otro lado de la frontera) y me pasé 6 meses encontrando la forma de andar siempre al filo de las reglas sin quebrarlas, no por tener placer en obedecer, sino por no darles el gusto de poder disciplinarme.
Hoy me doy cuenta de una triste realidad: si hubiera gastado la energía y creatividad que use para vivir al filo de la disciplina en algo realmente constructivo, mi experiencia hubiera sido mucho mejor y posiblemente más positiva para mí, mis compañeros, obreros y principalmente para las personas a las que ministramos.
Y como Dios manifiesta su sentido del humor de maneras diferentes y creativas, a mi me puso como líder… me encuentro entonces con la pregunta: será posible liderar sin mandamientos? Y me sorprendo a mí mismo con la respuesta que me doy: no. No es posible vivir, especialmente en comunidad, sin seguir un orden determinado con un propósito definido. ¿Qué ejemplo tengo de esto? Dios.
El pueblo de Israel fue liberado de Egipto luego de 400 años de cautividad. Esclavitud, por 10 generaciones. Ninguna opción, ningún derecho, año tras año lo mismo una y otra vez. Hacer ladrillos, construir, volver a hacerlo. Con el pasaje del tiempo, toda idea de humanidad es remplazada. ¿Cuánto vale una vida? ¿Cuál es el real valor de un ser humano? El privilegio de poseer algo, de construir algo propio, nada más existe.
Ese es el pueblo que marcha al desierto. Temeroso, castigado, desconfiado. Sometido. ¿Cómo enseñarles a vivir nuevamente como seres humanos?
Porque…¿cuál es la primera tentación de tenemos cuando somos prohibidos de algo y finalmente somos libres para hacerlo? Lo hacemos sin pensar, desesperadamente, sin medir consecuencias. Lo hacemos solamente porque ahora lo podemos hacer. Y eso genera todo tipo de nuevas sensaciones, sentimientos, posibilidades. El peligro era que aquel pueblo pasara de ser esclavo de los Egipcios a ser esclavos de si mismos. Porque el pueblo libre va a descubrir porque fueron esclavizados en primer lugar. No porque eran débiles, pero porque eran poderosos.
Los mandamientos de Dios vienen a nosotros por el mismo motivo. Dios les enseñó a vivir nuevamente como seres humanos, a respetarse y darse honra y dignidad y valor a través de sus mandamientos. Porque eran poderosos, los mandamientos de Dios vino para enseñarles a canalizar su poder, creatividad, imaginación, talentos y libertad de una forma constructiva para sí mismos y aún más importante, para los otros pueblos y naciones.
“No matarás” porque sos poderoso lo suficiente para destruir al punto de quitar una vida. Porque tenés que aprender que la vida tiene un valor eterno e incomparable. Porque no podés permitir que el sistema que dice que valés cuanto podés contribuir determine quien vive y quien muere.
“No robarás” porque ahora que podés poseer, tener cosas, tenés que recordar que relaciones vienen antes de posesiones, que personas valen más que cosas. Que porque tengas la fuerza o la determinación para tomar algo por la fuerza o habilidad o inteligencia no significa que lo debas hacer, porque del otro lado hay un ser humano que por tener menos fuerza, habilidad o talento merece ser protegido, no abusado.
“No mentirás” porque tenés que aprender el valor eterno de la verdad. De enfrentar las consecuencias de tus opiniones y acciones, porque tenés un Dios de misericordia y sos llamado a representar su corazón. Porque la mentira de roba la autoridad y el carácter. Porque tenés la posibilidad de usar tus palabras para traer vida, cura, inspiración. Porque la mentira te corta el corazón hasta que no haya más nada para recordarte que valés mucho más.
Así por delante, los mandamientos nos enseñan el valor que tenemos como seres humanos, y que con ese poder, potencial, imaginación, amor… podemos crear un mundo mejor. Una comunidad mejor. Una familia mejor. Una vida mejor. Ese poder es responsabilidad y privilegio.
Cuando aprendí a ver a Dios así, cambió completamente mi forma de verlo. No más un viejo gritando, dando órdenes para poder dormir tranquilo. Pero un padre amoroso diciéndome cuanto valgo, cuanto poder tengo, que privilegio tengo de representarlo, y que viviendo así voy a encontrar más alegría, más satisfacción, más vida. Y voy a generar vida.
Muchas líneas atrás dije que es imposible vivir sin un orden determinado con un propósito definido. Hoy como líder intento vivir por principios, no por reglas o leyes. Intento encontrar maneras de inspirar personas a descubrir el corazón de Dios en su ley y encontrar maneras de vivir esos principios en su día a día. Y determino reglas porque veo que poderoso, creativo, amoroso y lleno de vida es el grupo que lidero, y les muestro como esas reglas nos van ayudar a ser todo lo que podemos hacer. No pongo reglas para que sean obedecidas por miedo de las consecuencias. Pongo reglas que apunten a auxiliarnos a crecer como personas, como cristianos, como misioneros. Y cuando tengo que traer consecuencias por hechos o acciones que lastiman los principios por los cuales vivimos, lo hago con dolor en el corazón y siempre les digo: “te das cuenta que podés ser mucho mejor que esto, ¿no?”.
Hoy amo los mandamientos de Dios. Hoy entiendo su corazón en ayudarme a encontrar vida en ellos. Y cuando más los sigo, cuanto más los amo, más me doy cuenta que me olvido que son mandamientos porque son mi segunda piel, mi naturaleza. Son la luz de mi vida…
¿En que estás colocando tu energía, tu inteligencia, tu creatividad? ¿Cómo estas usando el poder de tus palabras, de tus acciones? ¿Estás construyendo, bendiciendo, inspirando, o estás perdiendo tu tiempo, tus fuerzas, tu humor con cosas que son, sinceramente, indignas de ti?
Mi oración por vos es que puedas vivir para ser todo lo que Dios te creó para ser, para que te des cuentas de lo increíble que sos. Y que cuando lo logres tengas un corazón tan gentil, tan tierno, que ni siquiera te des cuenta de eso, porque eso es simplemente tu vida…
