Tuesday, December 1, 2009

Pasión y Perseverancia

Recientemente alguien me recordó una historia muy interesante de Sir Winston Churchill. Cuenta que un día lo invitaron a Sir Winston a discursar delante de los estudiantes de la Universidad de Harvard. Churchill se presentó sin un discurso escrito. Todo su discurso, que debería demorar 10 minutos, tuvo apenas 3 palabras. La primer palabra fue dicha por 9 minutos, de diferentes maneras y con diferentes entonaciones. Esta palabra fue “nunca”. ¿Podés imaginar a aquellos estudiantes delante de uno de los mayores estadistas del Siglo XX y uno de los héroes de la Segunda Guerra Mundial, y todo lo que él dice es “nunca”?

Luego de 9 minutos, Churchill completó su discurso: “Nunca… te rindas.”

Fue aplaudido de pie por otros 10 minutos.

Me pregunto lo que hizo que aquel discurso fuera tan poderoso. Me pongo yo a decir “nunca” en cualquier lugar por más de un minuto y me bajan enseguida. Pero la vida de aquel hombre era en si la plataforma del discurso. Derrotado diversas veces en su carrera política, fue llamado a servir como Primer Ministro en una situación de Guerra y lideró a su país en los peores momentos de Gran Bretaña en la Segunda Guerra. Tuvo que enfrentar en el campo diplomático a fuerzas más poderosas, tuvo que forjar alianzas con fuerzas contrarias para garantizar la sobrevivencia de su pueblo, y en los momentos en que sería más fácil aceptar una derrota “honrosa”, le pidió a su pueble que resistiera. Y ellos lo hicieron. Y triunfaron.

Pasión por una causa. Perseverancia para resistir.

Visión para ver más allá de los momentos y las circunstancias. La fuerza interior para respirar hondo, aceptar el golpe, y volver a ponerse de pie.

“Nunca te rindas.”

Me acuerdo un poco de cómo fue empezar esto de ser misionero. Me acuerdo de llegar a la base de Curitiba y como buen uruguayo tener todas mis antenas de críticas prendidas. Veía los defectos, problemas, personas no muy cuerdas (varias)… y empecé a observar a los otros estudiantes. Los primeros que sobresalieron fueron los apasionados… pentecostales, ruidosos, sin ninguna timidez. Grandes planes y visiones y destinos e historias. En los tiempos de alabanza ellos eran la gente de la primera fila. Los que oraban más alto y tenían más revelaciones que una tienda Kodak.

Al fondo de la sala, con cara de miedo y pensando en cómo salir de la escuela sin parecer derrotados, los más tradicionales. Algunos habían oído hablar de aquellos seres, pero quizás era la primera vez que los veían. También con sus planes y sueños, pero más reticentes a revelarlos. Más “me gustaría hacer esto” que “Dios me dijo que hiciera esto”, si me entienden.

En el medio de la sala, yo y otros que como yo ya estábamos más acostumbrados a ver las 2 manifestaciones. Quizás los menos soñadores, quizás los más lastimados con eso de soñar y caer en tierra…

Pasó una semana. El más apasionado de los estudiantes se fue. Logró quebrar todas las reglas en menos de una semana. De pronto estar difícil de casa, de la novia, de la comida de mamá y de todo lo familiar era muy difícil. Aquella certeza arrolladora de destino y ministerio no estaban allí. El que entró gritando y zapateando (literalmente) se fue cabizbajo y quieto.

Poco a poco los grupos fueron mezclándose. Los más gritones se pusieron más quietos, los más quietos se soltaron, los del medio estábamos reconectando a los grupos y a nosotros mismos con una nueva realidad. Yo de a poco empecé a darme cuenta que por detrás de mi razón y de mis miedos había algo muy especial: pasión. Me costó un poco, algunos años en realidad, lograr definir y encausar esta pasión. Perseguí algunas actividades e intenté diversos medios para encontrar esta definición y una forma de ponerla en práctica.

Mi pasión es comunicarme. No mucho con una persona apenas, aún encuentro eso un tanto difícil. Pero comunicar un mensaje, una idea, una expresión… Por eso creo que me gustó tanto el tiempo que pasé con un ministerio de arte en Brasil. Al usar danza y teatro para comunicarme con audiencias me gustaba mucho más el efecto del mensaje que el medio que usaba. Poder llegar al corazón y a la mente de personas con un mensaje que cambia vidas fue y es algo muy especial

Cuando nos fuimos para Australia seguimos ese camino pero cada vez más me interesaba la parte de enseñar. Dar 10 horas de clases en nuestras escuelas, toda una semana de clases, es mi parte más gratificante de las tareas que tengo. Charlas con esos estudiantes, compartir experiencias, aprender con ellos… fascinante.

Pero durante mis años en misiones veía más y más a personas llegando a trabajar que me recordaban a mis compañeros gritones. Llenos de sueños, de proyectos, de ilusiones. Pero cuando sus sueños chocaban con la dura realidad que es misiones, de repente el fuego se apagaba y muchas veces moría. Algunos era capaces de ajustar sus sueños a la realidad, otros nunca se recuperaron y encontraron la salida más fácil: encontrar a algo o alguien para echar la culpa. El gobierno, la Iglesia, los padres, el diablo, Dios. Esos pasaban de ser misioneros llenos de sueños a personas que prácticamente no eran más cristianos. Otros encontraban una manera de protegerse: hablar del sueño, pero nunca dar los pasos prácticos para hacerlo realidad. Porque mientras es un sueño es perfecto. Casi como los padres que se enamoran de la idea de tener hijos, pero una vez enfrentados a la realidad de tener un hijo el castillo se les derrumba. Es fácil soñar con la fiesta del 1er año, con las fotos, con las sonrisas. Lo difícil es enfrentar el levantarse en las madrugadas, cambiarle los pañales (no una, pero a veces decenas de veces en un día…), amarlo cuando está llorando y no sabemos por qué. Algunas personas se enamorar tanto de sus proyectos que hacen todo para que sea siempre sueño… perfecto e intocado. E inútil.

Con el pasar del tiempo aprendí a apreciar a otro tipo de personas. Las constantes. No son los más ruidosos o apasionados, es verdad, y por eso a veces pasan desapercibidos. Pero están siempre allí. No aflojan en las difíciles. No se entusiasman demasiado en las fáciles. Y en los momentos que otros se apagan y se van, ellos… perseveran. Permanecen en el mismo rumbo a pesar de las dificultades y oposiciones. Saben recibir golpes. Saben insistir. Aprendieron a creer. Aprendieron a seguir creyendo.

Son confiables, son estables, son firmes. Claro que aún necesitan ayuda y ánimo, claro que hay que cuidarlos. Pero en los momentos que hasta los líderes encuentran dificultades para seguir, ellos generalmente son los que te afirman los brazos.

Necesitamos personas en el mundo que aprendan que nuestras pasiones, sin perseverancia, son fuego que quema rápido y no deja marcas. Necesitamos perseverantes que también aprendan a buscar sus pasiones y crean que vale la pena vivirlas. Cuando las dos cosas se encuentran, encontramos el tipo de fuego que cambia vidas, que cambia generaciones.

En un tiempo en la historia en que es tan fuerte la cultura de lo efímero, necesitamos personas comprometidas con durar toda la carrera. Personas que no se dejen llevar por corrientes o por desilusiones. Personas que sepan permanecer firmes aún cuando no son valoradas o reconocidas. Personas que crean en lo eterno de sus llamados y en lo rápido que esta vida pasa.

Pasión y perseverancia. Una mezcla poderosa. Una mezcla necesaria.

¿Estás pronto para comprometer toda tu vida por una causa?

¿Qué causa valdría no apenas el conjunto de tus años, pero cada minuto de tu vida?